“No importa si no tienes el dinero… Yo te lo daré. Confía en mí”.
Sara Fleming enseguida sacó su billetera y le dijo al cajero que ella pagaría los $94.10 que el hombre soltero acumuló en comestibles para su familia.


Era Nochebuena, ¿por qué no hacer algo lindo por los demás? Muchas personas gastan más dinero del que tienen en Navidad en nombre de Santa Claus.
Excepto que el gasto que hizo Sarah no fue para decorar su árbol de Navidad, sino para ayudar a un desesperado padre.
La voz que le dictó lo que debía hacer venía directamente del Cielo.


“¡$94,10!” ÉL hizo ¡GUAO!!!”
Sara Fleming compartió recientemente una historia sobre la sincronicidad y cómo Dios conectó los puntos entre dos personas aparentemente aleatorias hasta que se encontraron en el medio una vez más.
Todo ocurrió durante las vacaciones decembrinas cuando Sarah estaba en el supermercado comprando algunos comestibles para su hogar.
“Queridos amigos, esta es una historia real. La comparto para que otros escuchen sobre la bondad y la misericordia de Dios. No se trata de mí. ¡Grandes cosas ÉL ha hecho!”


A las 10:00 de esa noche, la caja registradora de la tienda de comestibles marcó $94,10. El hombre ya estaba comprando lo mínimo de lo que pensaba que podía pagar, pero aun así era demasiado.
“Vi cómo el hombre frente a mí le pedía al cajero que dejara las cosas a un lado. Una y otra vez. Siguió deslizando su tarjeta. Se negó”.
Todos hemos pasado por una situación parecida alguna vez. La solución siempre es sacar otra tarjeta, pero este padre soltero ya no tenía nada para ofrecer.


“Había una niña y un niño con él, y los escuché llamarlo ‘papá’ varias veces. La niña era una preadolescente y el niño tenía aproximadamente la edad de mi hijo. Pude ver la vergüenza escrita en sus rostros”.
La situación no podía ser peor para este pobre hombre. Todo había ocurrido después del Día de Acción de Gracias y Sarah se preguntó su esta familia había pasado hambre.


El cajero comenzó a guardar debajo del mostrador la comida que el padre no podía pagar.
“Entonces, de repente, lo sentí. Fue como un suave empujón en la espalda y una leve descarga eléctrica en mi corazón”.
“Paga por estos comestibles”, decía. “No importa si no tienes el dinero… Yo te lo proporcionaré. Confía en mí”.
Sarah escuchó el mandato divino, pero cuando iba a decir algo, vaciló. No quería avergonzar todavía más al hombre y sus hijos.
“Esa pequeña voz todavía llamó de nuevo. Otro empujón. Más fuerte esta vez. ‘Yo me encargo’, solté en voz alta, mientras el calor inundaba mi rostro”.


El hombre se dio la vuelta lentamente, sin creer lo que escuchaba. Los ojos de sus hijos se habían vuelto grandes como platos. A estas alturas, papá estaba llorando y su hija lo estaba abrazando.
“No sé cómo agradecértelo. Soy un padre soltero. Es muy difícil”.
Sarah rezó para que Dios se encargara de su compra, y según ella, así pasó.
“Está bien. Quería ayudar. Sé que es lo que Dios me dijo que hiciera. Y yo he estado allí”, respondí en voz baja.
Unos meses después, cuando Sarah estaba en la iglesia, vio al mismo hombre con sus dos hijos al final del banco.
No solo estaban en su iglesia, estaban en el mismo banco, y también sucedió que eran las únicas otras personas en su fila.
Al parecer Dios había unido sus vidas.


“Simplemente obedecí a Dios”.
Sara comenzó a sollozar en silencio para sí misma, con toda la piel de gallina al darse cuenta de lo que acababa de suceder. Los puntos habían sido finalmente conectados.
De todas las iglesias que había en la ciudad, el padre soltero asistía también a la suya.
“Nunca le dije que era cristiano. Ni siquiera le dije a dónde iba a la iglesia. El mismo Dios que trajo a este papá y su familia a mi iglesia ese domingo”.
Sarah quería decirle a todos que esa experiencia le enseñó una gran lección de vida: “no se trata de mí”. ¡Todo se trata de ÉL!
“Gloria al Señor Dios Todopoderoso, grandes cosas ha hecho ÉL”.
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